El país que queremos

#MxCulturaHoy

Cultura democrática y diversidad creativa

La cultura tiene un lugar central en nuestro proyecto, en como concebimos el diseño y organización de un nuevo sistema democrático. Entendemos que ningún desarrollo se podrá calificar como “sostenible” sin la consideración de la importancia central de los factores culturales. El desarrollo humano debe ser entendido como un proceso de ampliación de las libertades y capacidades, protagonizado por todas las personas que deviene sostenible al considerar el respeto al ejercicio individual y colectivo de los derechos y las libertades de las generaciones futuras.

El desarrollo humano sólo puede ser efectivo si asume una consideración explícita de la cultura constituida por los valores, creencias, lenguas, conocimientos, identidades, artes y saberes con los que una persona, individual o colectivamente, expresa su humanidad. Consideramos a la cultura un bien que amplía la capacidad de cada persona para crear su propio futuro, ya que todas las personas son portadoras de cultura y participan en la construcción de la cultura, lo que le permite entender, interpretar y transformar la realidad.

Por ello se requiere que las propuestas que nos lleven como país a tener un desarrollo sostenible incorporen una dimensión cultural, tan explícita, operativa y dinámica como los pilares relativos a la sostenibilidad ambiental, el desarrollo económico y el desarrollo social.

La cultura mexicana actual es resultante de un largo y complejo proceso histórico, donde están presentes, al menos, componentes culturales provenientes de los pueblos indígenas precolombinos, de los colonizadores españoles, de la influencia europea del virreinato, la lucha independentista, la guerra de intervención y el dominio comercial del siglo XIX, de la lucha revolucionaria de principios del siglo XX y las ideas nacionalistas posteriores, de la modernidad del capitalismo industrial, de la migración española y latinoamericana del siglo XX, de la hegemonía estadounidense de la posguerra mundial y de la globalización neoliberal.

Si a lo largo del siglo XX México transitó de una sociedad rural a una mayoritariamente urbana y formó una identidad cultural en la que mucho influyó el esfuerzo de los gobiernos surgidos de la revolución, hacia el final del siglo XX fue evidente que el proceso homogeneizador de la modernidad encontró sus límites en la condición pluricultural de la nación. Los pueblos y comunidades indígenas conservan y reafirman sus propias lenguas, cosmovisiones, tradiciones y sistemas normativos y debe ser compromiso de la sociedad y del Estado reconocer y defender sus derechos, en los términos establecidos en el Convenio 169 de la OIT y de los Acuerdos de San Andrés, ya que la autovaloración de las raíces, la historia y la cultura constituye parte esencial de la idea de “nación”: somos una nación porque además de compartir un territorio, nos reconocemos en una cultura pluralmente formada.

Por eso afirmamos que el siglo XXI es el siglo de la diversidad cultural: en México todas las culturas afirman su voluntad de contribuir a la sostenibilidad. Todas las culturas forman parte de las riquezas de nuestro mundo e interactúan para avanzar hacia una humanidad más solidaria.

En la escala de valores del neoliberalismo la actividad cultural es considerada como un tema de segunda importancia y se le han dedicado espacios y recursos marginales, a la vez que los medios de comunicación masivos adoptan criterios mercantilistas ante los cuales la difusión cultural y artística se presenta como una acción que rinde mínimos beneficios financieros. Las plataformas de los partidos políticos no consideran a la cultura y las artes como una actividad que rinda dividendos electorales, ni mucho menos consideran propuestas para su desarrollo.

Esta deformidad se refleja en buena medida en el sector educativo, reduciendo o eliminando de los contenidos de la enseñanza temas relevantes como la apreciación artística y la educación para el desarrollo de la creatividad y el pensamiento crítico. Reducir a su mínima expresión el arte en los programas de educación básica, así como la formación media y superior en artes, suprimir los programas para formar nuevos públicos y dejar que la oferta cultural y artística subsista mediante apoyos residuales, sostenida sólo por el entusiasmo y el esfuerzo de los propios artistas, son factores que expresan de otro modo la desigualdad de oportunidades en un sistema inequitativo que fomenta la injusticia en el país.

Bajo estas condiciones, las expresiones artísticas universales y la difusión de manifestaciones culturales de vanguardia se concentran en algunos centros urbanos, y aun en estos sólo quedan al alcance de sectores minoritarios de la población.

Es por todo lo anterior que sostenemos que el único enfoque posible en materia de cultura es el de garantizar el ejercicio pleno de los derechos culturales de la población de nuestro país como parte integral de sus derechos humanos. Nadie puede infringir tales derechos, garantizados por los instrumentos internacionales, ni limitar su alcance. Las libertades culturales de los individuos y las comunidades son tanto una condición esencial de las dinámicas democráticas como una resultante de las mismas.

La ciudadanía cultural implica derechos, libertades y responsabilidades y el acceso al universo cultural y simbólico en todos los momentos de la vida constituye un factor esencial para el desarrollo de las capacidades que permiten una interacción armoniosa entre los seres humanos y la construcción de ciudadanía y paz en nuestras sociedades.

En la defensa y promoción de los derechos culturales como derechos humanos fundamentales los gobiernos democráticos son actores fundamentales. Por ello es necesario:

Reconocer a la dimensión cultural como una parte importante y sustancial del quehacer gubernamental, así como una de las grandes áreas de oportunidad para el desarrollo integral de nuestra sociedad contemporánea.
Garantizar la asignación de presupuestos suficientes, con los consiguientes mecanismos de transparencia y rendición de cuentas, para dar condiciones de viabilidad al desarrollo de la infraestructura cultural, al apoyo de los colectivos culturales y al fomento a la creación.
Establecer mecanismos de regulación a través de los cuales el Estado fomente y proteja las industrias culturales nacionales en un escenario de clara asimetría de los mercados, dominados por los medios masivos de comunicación y las industrias transnacionales.
Aplicar marcos de gobernanza en diálogo con la sociedad civil y el sector privado y desarrollar formas de organización transversal, poniendo la dimensión cultural en el conjunto de las políticas públicas, y vertical, entre diferentes órdenes de gobierno.
Garantizar la equidad territorial: entre centros y periferias -en el seno de las ciudades-, y entre las ciudades y las áreas rurales a todo lo largo y ancho del país, poniendo énfasis en los territorios de los pueblos y las comunidades indígenas.
Incorporar a las políticas públicas una visión transversal de la cultura para establecer políticas públicas vinculadas y un diseño de programas y proyectos que responden, a la vez, al ejercicio de los derechos económicos, sociales y culturales.
A partir de ello es importante el desarrollo de políticas específicas orientadas a garantizar los derechos culturales, así como asegurar la transversalidad y la integración con los distintos ámbitos de las políticas públicas de un gobierno democrático, como son las que tienden a:

Asegurar la expresión de nuestras identidades y diferencias como componentes esenciales de la convivencia, la ciudadanía y la construcción pacífica de la sociedad, ya que la diversidad cultural, producto de miles de años de historia y fruto de la contribución colectiva de todos los pueblos, constituye nuestro principal activo y patrimonio.
Valorar y proteger el patrimonio cultural, desde la memoria al paisaje, como algo vivo y en constante movimiento y evolución, ya que constituye el testimonio de la creatividad humana y de la riqueza de la naturaleza y es un recurso para para fortalecer los procesos identitarios de las personas y de los pueblos.
Garantizar el desarrollo de modelos económicos con respeto a la cultura y la dignidad de las personas, ya que la reducción de la cultura al valor económico de sus expresiones limita o anula su dimensión de bien común y su capacidad transformadora.
Promover de manera constante y consistente un sistema de formación que permita a todos los individuos el acceso a la creación y al desarrollo artístico, asegurando el derecho a la educación artística a lo largo de toda la vida y el derecho a participar en la vida cultural.
Garantizar a todas las personas, particularmente a quienes están en situación de desventaja, aislamiento o pobreza, el acceso a servicios culturales y la participación activa en los procesos de desarrollo cultural.
Garantizar el derecho a producir, recibir, buscar y transmitir información fiable por parte de toda la ciudadanía. Es menester reforzar la libertad de expresión fomentando y apoyando el desarrollo de medios de comunicación culturales, sociales y comunitarios.
Impulsar nuevos esquemas de organización individual y colectiva de la actividad cultural que fomenten una lógica de cooperación, de trabajo en red, de coordinación e innovación para fortalecer el desarrollo cultural basado en la interacción de todos los actores que constituyen el ecosistema cultural, incluyendo instituciones públicas, organizaciones de la sociedad civil y actores privados.
Garantizar el carácter público y las oportunidades de acceso a los espacios y medios digitales para toda la población, como parte de sus derechos de acceso a la cultura en el siglo XXI, ya que hoy en día las prácticas culturales no sólo tienen lugar en los espacios físicos sino también, y cada vez más, transitan en un mundo virtual, digital e interconectado.
Sólo la promoción de la cultura nos permitirá romper el círculo de aislamiento y desmemoria en el que nos hemos sumido, y sólo la garantía del ejercicio pleno de los derechos culturales permitirá proponernos la construcción de una nueva ciudadanía responsable y orgullosa de su patrimonio, de su territorio, de su diversidad y de su memoria.