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#MxInternacionalHoy

Diez desafíos para la política exterior mexicana

La frase ‘México como actor global’ se queda hueca sin una estrategia internacional que le sirva a nuestro país como carta de navegación en un planeta extremadamente convulsionado.
Ya no basta repetir enunciados como el de la anterior administración ‘Más México en el mundo y más mundo en México’. Tampoco es suficiente repetir que queremos ser amigos de todos los pueblos y gobiernos del orbe (¡hola, Egipto!).
El seguidismo por el cual nos limitamos a tratar de entrar donde está Estados Unidos tampoco nos llena condiciones. Estados Unidos fue la válvula de escape de los migrantes mexicanos durante el siglo XX, pero tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el prolongado estancamiento de la economía estadounidense y el envejecimiento de la propia fuerza de trabajo mexicana, esa etapa de la historia se acabó.
Nuestro ingreso al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) significó para las élites económicas y políticas mexicanas un punto de llegada: ‘ya la hicimos, ya entramos a las grandes ligas, nos basta con poner a la economía en piloto automático’, más que un punto de partida. Veinte años después nos encontramos con que a regañadientes nos invitaron a las negociaciones del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP), bajo hechos consumados.
Exprimir el petróleo y abrirlo a empresas extranjeras, multiplicar las armadoras de automóviles estadounidenses, alemanas, japonesas y coreanas (ojo, ninguna marca es mexicana), y recibir remesas y turistas no alcanzan para armar una inserción inteligente de México en el mundo. Nuestra triple adicción a la renta petrolera, el dinero de las remesas y los ingresos del narcotráfico difícilmente constituyen
Los mexicanos enfrentamos estos desafíos en el escenario internacional:
1. Entender que se transformó el sistema de poder. Se ha registrado un vuelco en el sistema de poder emanado de la segunda guerra mundial. Las instituciones financieras nacidas en Bretton Woods y el sistema de Naciones Unidas se han quedado rezagadas respecto al mundo multipolar en que vivimos. Estados Unidos sigue siendo la potencia preeminente en el ámbito económico, militar y tecnológico, pero el entorno internacional se ha vuelto crecientemente complejo y su gobernanza resulta cada vez más difícil.
2. Nuevos problemas en el ámbito global. México necesita convertirse en actor por derecho propio en temas como el cambio climático, la disputa global por el agua, la escasez y carestía de alimentos, el armamentismo y el terrorismo por parte de gobiernos y bandas criminales. A veces parece que adoptamos la posición más cómoda: ‘este problema no es mi problema’, con lo que nos marginamos a nosotros mismos. El hecho de no formar parte del grupo que toma las decisiones finales no nos impide ser un actor propone y sugiere caminos, que tiene ideas propias, y que puede generar un mínimo de entendimiento entre opiniones divergentes.
3. Cambios dramáticos en nuestro vecindario. Estados Unidos y Canadá dejaron de lado la idea de América del Norte y se volcaron hacia la cuenca del Asia-Pacífico, mientras nosotros quedamos como espectadores de este viraje. Les seguimos llamando ‘socios comerciales’ por mera retórica, porque ni nos voltean a ver. Washington y Ottawa impulsaron y facilitaron, respectivamente, la ‘normalización’ de relaciones entre La Habana y la Casa Blanca, hecho de enorme importancia al que México fue ajeno y que exhibió nuestra irrelevancia en este proceso.
4. Centroamérica en llamas. Los países del Triángulo del Norte están asolados por las bandas del crimen organizado, por escuadrones de la muerte tanto privados como gubernamentales, por oligarquías depredadoras y extractivas que secuestran al gobierno en su favor, y por una muy prolongada sequía. México sigue con la esquizofrenia de usar un lenguaje de cooperación con guatemaltecos, hondureños y salvadoreños, mientras en los hechos los despreciamos terriblemente.
5. El doble estándar que aplicamos en la migración. Exigimos a Estados Unidos, de manera retórica, respeto para los derechos de nuestros compatriotas migrantes en el país del norte, pero los abusos, los asesinatos, el secuestro y las extorsiones de que son objeto los trans-migrantes centroamericanos en su paso por México hacia Estados Unidos son una vergüenza universal. Hoy Estados Unidos nos da palmaditas en la espalda porque les hacemos el trabajo sucio, deteniendo y deportando un mayor número de centroamericanos que ellos.
6. La resistencia a ajustarnos a estándares internacionales de transparencia y rendición de cuentas. Es de una enorme mezquindad que desde las cañerías de las áreas políticas del gobierno mexicano se califique el trabajo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el caso Ayotzinapa como una especie de revancha del secretario ejecutivo de ese órgano de la OEA. Revela nuestra adscripción a la célebre frase ‘cree el león que todos son de su condición’.
7. El desconocimiento y la distancia respecto de los mexicano-americanos. Hoy el PIB en Estados Unidos de 34 millones de personas que nacieron en nuestro país o tienen raíces familiares acá, es casi del mismo tamaño que el valor de la producción anual de los 124 millones de mexicanos que vivimos en México. Hoy los mexicano-americanos tienen como prioridades la educación, la salud, el empleo, como el resto de los estadounidenses. Cuando les preguntan por qué no hacen más cosas con los mexicanos de México, su respuesta es que a las élites mexicanas no les importan sus propios compatriotas morenos y pobres. En vez de ‘darles línea’ para que hagan cosas en favor de la agenda mexicana en Washington, deberíamos entender que a la larga será mucho más redituable que nosotros respaldemos la agenda estadounidense de los mexicano-americanos – el apoyo a los jóvenes ‘dreamers’ es un buen punto de partida.
8. La credibilidad y la imagen de México. La deteriorada imagen del presidente EPN al interior del país se proyecta al exterior. El aparato del estado en su conjunto lee las señales: en México se puede ser legalmente corrupto e impune. Gobiernos representados en México, corresponsales extranjeros, y observadores de nuestro país llegan a una triste conclusión: cuando la cabeza del Estado mexicano incurre en claro conflicto de interés no transgrede la ley, sino que innova el derecho internacional: el presidente de México es legalmente corrupto.
9. La marca-país. ¿Cómo queremos ser identificados en el ámbito internacional? ¿Cuáles son las señas de identidad que queremos asociar al nombre México? Hoy la reputación alemana sufre por las pifias de Volkswagen, pero Berlín tiene ya un plan para contrarrestar esta abolladura. El nombre de México se deteriora por la ridícula exoneración de su presidente y su secretario de Hacienda y por la fuga del Chapo Guzmán, que contrastan frente a la incisiva investigación de la CICIG guatemalteca que envió al presidente en funciones a la cárcel. En vez de contrarrestar la imagen de país violento asolado por el crimen, reforzamos la imagen de país donde reinan la corrupción y la impunidad.
10. ¿Qué hacer? No somos ni seremos una potencia global. México debería revalorar su política de alianzas a nivel regional, acercándose a mexicano-americanos y a centroamericanos. La apuesta más promisoria, la estrategia más inteligente, el programa de mayor alcance es fortalecer asociaciones de negocios, políticas y culturales en Mesoamérica y con las comunidades mexicanas en el exterior, principalmente en Estados Unidos.
No podemos proyectar hacia afuera lo que no somos adentro de nuestra propia tierra. Cualquier cambio en la política exterior mexicana implica profundas transformaciones internas. La imagen externa de México será mejor cuando dentro del país mejoren la seguridad pública, la lucha contra la corrupción, la rendición de cuentas, el acceso a la justicia y la calidad de vida de los mexicanos.
Por Carlos Heredia Zubieta